“Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
Marcos 8:36 RVR1960
Todos hemos tenido una figura de relevancia, artista preferido o personalidad pública que admiramos. Resulta interesante el esfuerzo que tuvo que recorrer la persona para alcanzar sus metas, y como miles o millones la reconocen e imitan su comportamiento, estilo o modo de vestir. A nuestros ojos, lo tienen todo, y quisiéramos alcanzar ese nivel de vida y comodidades. Muchas de estas personas reconocen abiertamente oponerse o negar la existencia de Dios. Otras, fundamentalmente en el mundo del rock, manifiestan pactos demoníacos o afinidad con el reino de las tinieblas, en su mayoría como una estrategia de marketing, pero la totalidad por ignorancia del terreno que pisan, y a dónde los están llevando sus propias palabras. En su afán por alcanzar una determinada posición o popularidad han olvidado y arrastran a muchos a una vida alejada del Creador.
Jesús de Nazaret se encontraba hablándole a sus los discípulos, y les pregunta: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo y perder su alma? Las personas por alcanzar el reconocimiento de sus semejantes, ganar en poder, en fama o riquezas son capaces de cualquier cosa, más si no creen en la existencia de un Dios Todopoderoso, y la vida después de la muerte. Considerando que solo existe esta vida, se sienten en la cúspide del mundo, han alcanzado sus sueños y la viven con gran esplendor. Pero muchos de ellos experimentan un vacío indescriptible cuando se van los fans y quedan solos, llegando muchos de ellos a quitarse la vida. Millones de personas enfocan su tiempo en logros personales, riqueza, fama, reconocimiento, y descuidan lo más importante: su relación con el Padre Celestial y la salvación de su alma.
¿Vale la pena tener veinte o treinta años de fama y pasar una eternidad de condenación? Dedicamos nuestro tiempo, cuerpo y mente a beneficios materiales y nuestra vida espiritual totalmente abandonada. Agotamos el tiempo, nuestro recurso más valioso y que no podemos comprar a ningún precio en la búsqueda de vanalidades, sin percibir que este decursar en el mundo solo define donde pasaremos nuestra eternidad. Es hora de despertar y centrar nuestros esfuerzos sobre lo que verdaderamente importa, reconciliarnos con nuestro Dios y comenzar a cumplir el propósito para el cuál fuimos creados, que nada tiene que ver con nuestro engrandecimiento personal, y que solo el Todopoderoso puede revelarnos.
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