“Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; ten misericordia de mí, y respóndeme.”
Salmos 27:7 RVR1960
No hay nada tan bueno como tener una buena relación con nuestros jefes y superiores. Ser capaz de llevarse bien con ellos, que seas tratado como un amigo y no tener que enfrentar una actitud despótica de su parte hacia uno hace que el entorno laboral sea más agradable. Esto también debería ocasionar que se genere más compromiso por parte de los subordinados en hacer que el jefe alcance los objetivos que se trazó. Sin embargo, producto a la naturaleza humana, más que comprometimiento encontramos exceso de confianza y falta de respeto. Como el jefe puede ser considerado un amigo, se obvian sus indicaciones, se ignoran las tareas a cumplir, y aun se olvida el trato adecuado a la persona.
Con Dios sucede algo similar. El privilegio de ser llamados los hijos de Dios, y gracias al espíritu de adopción, muchos excesos suceden por parte de los cristianos, algunos cercanos a la falta de respeto. La gran diferencia es que nuestros jefes son seres humanos como nosotros. Dios es un ser todopoderoso, y nosotros ni siquiera somos capaces de comprender Su naturaleza. Según el registro bíblico, pocos pudieron experimentar Su presencia y resplandecían al solo haber estado un corto período de tiempo con Él. Pero todo cuanto conocemos fue creado por Él, y también puede ser destruido, es capaz de hacer lo que nadie más, y Su poder no puede ser comprendido racionalmente. Pero lo tratamos con menos reverencia que a un conocido cualquiera y creemos que debe complacer nuestros antojos. El salmista hace un ruego, que podría ser utilizado como modelo: Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo; ten misericordia de mí, y respóndeme. El escritor sabe que Dios no nos debe nada, no tenemos ningún merecimiento delante de Él, y solo por Su misericordia nos escucha y responde.
Cada oración que elevamos a Dios es respondida por Su misericordia y fidelidad. Debemos recordarlo siempre y no creer que Él nos debe nada. Con fe inquebrantable, espíritu de humildad y reverencia debemos presentarnos ante Él y rogar que seamos escuchados. Solo así podremos tener respuesta. ¡El Señor te bendiga!
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