Perseverando unánimes

    “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón”

    Hechos 2:46 RVR1960

    La comunión entre hermanos en la fe es muy importante. En muchas porciones de las Escrituras se aborda este tema, y se refieren las ventajas que trae. Y no es solo la posibilidad de compartir con alguien con tus mismos intereses, sino que exista exhortación, palabras de ánimo, apoyo, dependencia, confianza, intercesión de los unos por los otros. Enfrentar adversidades, embates del enemigo, y todo tipo de situaciones que vienen a nuestra vida, se hace difícil estando solos, pero nunca fue esta la idea concebida para los cristianos, sino que se comportaran como uno solo.

    Los creyentes en la actualidad asisten a los templos y participan del servicio al Señor, pero se muestran reacios a compartir entre ellos. A las actividades de confraternidad, si asisten, tienden a sentarse en grupos de familia o personas cercanas, y no son dados a comportarse con soltura sino más bien con algo de recelo.

    Vemos en esta porción de las escrituras la actitud de los primeros cristianos:  permanecían juntos cada día en el templo, observando las horas de adoración, comían en sus casas, con alegría y sencillez. Independientemente de quienes fueran, su profesión o status, sentían agradecimiento por ser salvos, el mover del Espíritu Santo les llevaba a preferir la compañía de aquellos que experimentaban lo mismo, más en una sociedad que rechazaba esta iglesia naciente, y habían abandonado toda idea egoísta o altiva, por el contrario, compartían sus bienes y ayudaban a los necesitados. Esta era una fuerza en oración, intercesión y unidad. Era perceptible el mover de Dios y el derramamiento de poder sobre ellos y este es un ejemplo a seguir para nosotros en la actualidad.

    No debemos comportarnos como un ejército con divisiones, como un cuerpo separado y que prime la indiferencia entre nosotros en lugar del amor. Nuestro Padre Celestial nos llamó a tener comunión, unidad, a perseverar unánimes independientemente de las diferencias, a comportarnos con humildad y sin egoísmos, a interceder los unos por los otros, y ver los problemas de los hermanos como nuestros. La unidad en las congregaciones debe convertirse en un tema de oración permanente, y nos corresponde a nosotros dar el primer paso en propiciar el cambio.  Acerquémonos al modelo de la iglesia diseñado por Dios, para que como en tiempos de la iglesia primitiva, el mover del Espíritu Santo sea notorio, y haya derramamiento de poder sobre las congregaciones.

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