“Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos.”
Marcos 9:35 RVR1960
Asegurarse un lugar de importancia y significación siempre ha sido un afán de los seres humanos. Ser reconocido por todos y tener poder es una pretensión que nos ha acompaña cuando crecemos y comprendemos cómo funciona la sociedad. Ser una figura pública, tener mucha fama, ocupar un puesto en la política, o sobresalir por llegar a la cima en nuestra profesión, en todos los casos queremos de una forma u otra que se nos admire o ser referente para los demás.
Usualmente, en la estructura de los gobiernos de un país, por debajo de un presidente se encuentran los ministros. Estos abarcan distintos ministerios o departamentos de importancia para la nación, y son personas relevantes para el desarrollo del área que atienden, sea la salud, la educación, economía, etc. Curiosamente, la palabra ministro proviene del latín minister, que significa sirviente, subordinado, mediador. ¡Qué diferencia al ver la imagen que proyectan de personas inalcanzables, saber que lo que significa su cargo es servidor!
Esta mentalidad de sobresalir entre los semejantes se tiene en las iglesias también. Cuando llegamos a una congregación, fijamos la vista en los pastores, presbíteros y posiciones de renombre en ella. No queremos ser el que limpia el templo, ni ser un intercesor anónimo, ni tampoco alguien desconocido que hace una donación; queremos ser conocidos por todos.
Los discípulos de Jesús estaban también en una situación similar: discutían quién sería el primero entre ellos. Pero el Mesías les da una respuesta que contradecía todo lo que conocemos: si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último y servir a todos. Y es que el ejemplo a seguir es precisamente el de Cristo: siendo el Hijo de Dios se hizo hombre para servir a todos, humillándose y muriendo como sacrificio perfecto por cada persona de la tierra. Con esta referencia ¿podemos pensar en ser los primeros y tener un puesto preeminente?
Ante los ojos de Dios todos somos iguales. Lo que podría marcar una diferencia es la humildad y servicio verdadero a otros. Mientras más humildes seamos, más ganamos, siempre y cuando esta humildad no sea ocasionada por deseos de gloria personal, sino por amor a nuestro Padre Celestial, el cual sabe cuáles son los anhelos de nuestro corazón y qué nos mueve a hacer las cosas.
¿Imitamos a Jesucristo?
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