“Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.”
Colosenses 3:15 RVR1960
Existen personas que son libros abiertos al mirarles el rostro. Son capaces de expresar sus emociones y, aunque intenten disimular, es visible si están molestos o si algo les desagrada. Con estos es fácil relacionarse, pues uno puede percibir lo que les desagrada. Pero otros muestran una sonrisa afable mientras realmente desean lo peor para uno, y estos son los verdaderamente peligrosos. Este tipo de personas pueden ser encontrados en todas partes, y tristemente, hasta en las iglesias.
El cuerpo de Cristo debe caracterizarse por la unidad entre sus miembros. Pero esta no es necesariamente la realidad que se vive en las iglesias hoy en día. Personas enojadas, con falta de perdón, demasiado susceptibles y principalmente con poca madurez espiritual crean divisiones y separaciones entre los creyentes. A veces un mal testimonio o mala acción puede apartar a un recién convertido o un miembro de años. El apóstol Pablo recomienda a los colosenses: Y la paz de Dios gobierne en sus corazones, a la que asimismo fueron llamados en un solo cuerpo; y sean agradecidos. Lo que debe primar es la unidad entre los miembros, siendo gobernados y movidos por la paz de Dios y no por ira, contienda o envidia, siendo agradecidos por este llamamiento. Es un privilegio contarnos entre los escogidos del Altísimo, y no deben nuestros defectos convertirse en piedra de tropiezo para otros.
Solo la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas puede traer esta paz y la transformación de nuestro carácter conforme a la voluntad de Dios. También agradecimiento por la posibilidad de formar parte del cuerpo de Cristo, y hallar perdón a nuestros pecados, haciéndonos herederos del Reino, y proclamar las buenas nuevas de salvación. Roguemos a Dios que nos transforme diariamente. ¡Dios te bendiga!
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